«Antes que llegue la Iglesia católica ya estaba Dios aquí»: aprender de la espiritualidad del pueblo kichwa runa

Pati Blasco, cmscj. Religiosa misionera del puesto de misión Napuruna Pachayaya, Angoteros, Alto Napo

Una misión que también aprende

Caminar junto a mis hermanos kichwa runas del Napo me ha enseñado que su identidad está profundamente arraigada en una forma de vivir donde la familia, la comunidad, la naturaleza y la espiritualidad forman una unidad inseparable.

La Shutichina (bautismo cultural), la kasarana (matrimonio cultural) y la aylluyana (reconocerse como compadres y ampliar los lazos familiares) son mucho más que tradiciones: fortalecen la comunión, la reciprocidad y el sentido de pertenencia. En estas prácticas se expresa una espiritualidad que da sentido a la vida y mantiene viva la identidad del pueblo.

En su cosmovisión, Pachayaya está presente en la creación y en los vínculos que sostienen la vida. Esta experiencia me ha cuestionado como misionera: antes de nuestra llegada, Dios ya estaba presente en estos pueblos y en su historia. Nuestra tarea no es colonizar, desvalorizar ni sustituir su espiritualidad, sino escuchar, reconocer su sabiduría y dejarnos transformar por ella.

Evangelizar no es arrancar las raíces de un pueblo, sino reconocer cómo Dios se manifiesta en ellas y acompañar su crecimiento desde el respeto, el diálogo y la comunión.

Recuperar la historia para seguir caminando 

En el Alto Napo, durante las décadas de 1980 y 1990, misioneros como Juan Marcos Mercier y las hermanas Teresianas impulsaron un valioso trabajo educativo desde la interculturalidad, el bilingüismo y la inculturación de la educación religiosa. Elaboraron materiales pedagógicos que recogían la cosmovisión indígena, los relatos de los mayores y las formas propias de comprender y vivir la presencia de Dios.

Entre estos materiales está Nosotros los napurunas, parte de la historia educativa y misionera de nuestro Vicariato San José del Amazonas. Es un legado que debemos recuperar y llevar nuevamente a la vida de las comunidades, no dejarlo solamente en documentos o en el recuerdo.

Los misioneros que nos precedieron hicieron un trabajo precioso. Ahora nos toca retomar ese camino junto con docentes, líderes, lideresas y sabios de los pueblos, escuchando sus conocimientos y situando esta experiencia en el contexto actual.

Me enorgullece que nuestro Vicariato tenga una propuesta pedagógica de educación religiosa intercultural. Los maestros kichwas que conocen y viven esta experiencia nos muestran que no se trata solo de enseñar contenidos, sino de reconocer una experiencia de Dios que nace de las raíces de cada pueblo.

Lo he vivido al acompañar las celebraciones de Pascua en el Alto Napo. Sus tiempos, silencios, movimientos, danzas y sonidos expresan una manera propia de encontrarse con Dios, con Pachayaya. En esos momentos he sentido una profunda experiencia de Dios. La comunidad sabe cómo celebrar y expresar su espiritualidad; nuestra tarea es acompañar, participar, escuchar y aprender.

Amar la cultura para cuidar la Amazonía

Para mí, el desafío de la educación religiosa es también una invitación a la conversión. Necesitamos desaprender esquemas aprendidos y aprender desde la realidad de cada pueblo, sin pretender que todas las comunidades vivan la fe de la misma manera ni trasladar celebraciones de otros lugares sin comprender su significado cultural.

Soy amazónica, peruana, nacida en la selva de Ucayali, y este camino también ha transformado mi propia mirada. Me preocupa que a veces seamos nosotros mismos quienes desvalorizamos nuestra cosmología y espiritualidad indígena, sin reconocer la sabiduría que guardan nuestras formas de curar, rezar, pedir y celebrar.

La defensa del territorio y de los derechos de los pueblos está vinculada con esta espiritualidad. El cuidado del agua, la tierra, el monte y el aire no es algo separado de su manera de vivir: forma parte de su relación con la creación y con Dios.

Por eso, una educación religiosa intercultural debe ayudar a que las nuevas generaciones conozcan y amen su cultura, escuchen a sus mayores y encuentren razones para defender aquello que sostiene su vida. No puede ser un instrumento de colonización, sino un camino para fortalecer la identidad, la espiritualidad y el cuidado de nuestra Casa Común.

Una Iglesia con rostro amazónico e indígena

Construir una Iglesia con rostro amazónico e indígena nos compromete a todos: misioneros, sacerdotes, religiosas, docentes, agentes pastorales y comunidades. Necesitamos profundizar en la espiritualidad de los pueblos y reconocer su valor, tantas veces ocultado o desvalorizado por la discriminación y el maltrato.

La ODEC y el Vicariato San José del Amazonas tienen una oportunidad importante para retomar el trabajo realizado, recuperar los materiales pedagógicos, escuchar a los mayores y fortalecer una educación religiosa que dialogue con las culturas y acompañe a las nuevas generaciones.

Para mí, ese rostro amazónico no puede ser solo una apariencia o una representación folclórica. Tiene que nacer del corazón de los pueblos, de su espiritualidad, su lengua, sus tradiciones y su manera de vivir la fe.

Tenemos mucho que aprender de nuestros hermanos y hermanas. La misión también consiste en dejarnos evangelizar por sus valores y caminar juntos, en un diálogo que nos transforme.

Si queremos cuidar la Amazonía, necesitamos conocer y amar a los pueblos que la habitan, su cultura, sus conocimientos y su relación con la creación. Desde allí podemos fortalecer la fe, revitalizar las culturas y cuidar nuestra Casa Común.

 

En este mes misionero, seguimos caminando con los pueblos amazónicos

El testimonio de Pati Blasco nos recuerda que la misión se construye desde la escucha, el encuentro y el reconocimiento de Dios en las culturas de los pueblos.

Desde el Vicariato San José del Amazonas, reconocemos a quienes, desde los puestos de misión y las comunidades, trabajan por la defensa de la vida y los derechos de los pueblos, acompañan la educación y la salud, revitalizan las culturas y cuidan nuestra Casa Común.

En este Mes Misionero y a dos semanas de la visita del Papa León XIV renovamos el compromiso de caminar junto a los pueblos amazónicos y seguir construyendo una Iglesia con rostro amazónico e indígena: cercana, que escucha y aprende, y que acompaña las luchas por la vida, la dignidad y el territorio. Porque anunciar el Evangelio también es cuidar la vida, fortalecer la esperanza y caminar juntos respetando las raíces de cada pueblo.