
En este Tiempo de la Creación, queremos dejarnos tocar por una realidad que está profundamente unida a la vida de nuestros pueblos amazónicos: el agua.
Las hermanas de la Vida Consagrada del Vicariato Apostólico de Iquitos, nos comparten esta reflexión, que parte del encuentro de Jesús con la mujer samaritana y de su invitación a descubrir en Él el agua viva.
Desde la cotidianidad de las mujeres que viven junto a los ríos, quebradas y cochas, la reflexión nos conduce a contemplar el agua como don de Dios, fuente de vida y también realidad que necesita ser cuidada y defendida. En medio de una Amazonía rodeada de agua, pero marcada también por la contaminación, la falta de agua segura y las heridas que afectan a nuestras comunidades, estas palabras nos invitan a escuchar nuevamente el grito de Jesús: “Tengo sed”.
Que esta reflexión nos ayude a mirar nuestras aguas con nuevos ojos, a escuchar la sed de nuestros pueblos y a renovar nuestro compromiso con el cuidado de la Casa Común.
Los invitamos a leer, meditar y compartir esta reflexión durante el Tiempo de la Creación.
AGUA QUE BROTA DE LA FUENTE
Reflexión para el Tiempo de la Creación
“Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva.”
Jn 4,10I. El Cántaro de la Cotidianidad: Junto al pozo, junto al río
El papel fundamental de las mujeres en la gestión del agua y el cuidado del medio ambiente es hoy incontestable. En nuestras tierras amazónicas, como en tantas geografías del mundo en África o en Oriente Medio, hay imágenes profundamente grabadas en nuestro imaginario: ver a las mujeres en los márgenes de los ríos lavando sus ollas, la ropa, o cargando baldes y cántaros hasta sus casas al inicio del día o al terminar la jornada, después de bañar y asear a sus hijos.
En la Biblia, el agua entrelaza constantemente la vida cotidiana. Buscar agua era la tarea diaria que convertía a los pozos y manantiales en puntos clave de encuentro social y en escenario de relatos trascendentales. Como aquella mujer de Samaria que llegó al pozo de Jacob con su cántaro (cf. Jn 4,1-42), son las madres, abuelas y jóvenes de Loreto quienes abren la puerta de la casa desde la madrugada, bajan por la escalinata de barro hacia el puerto y sostienen con sus manos la vida del hogar entero.
Por décadas, el pozo y la ribera han sido el espacio cotidiano al que se ha reducido a las mujeres para socializar y compartir los acontecimientos del día a día. Ha sido un tiempo robado al descanso y a la organización comunitaria por estar dedicadas exclusivamente a las tareas de cuidado. Sin embargo, esta historia la estamos cambiando: hoy, el cántaro de la rutina se transforma en conciencia y en causa compartida.
II. «Dame de beber»: La paradoja del agua viva y la fuente sedienta
En la Biblia, el contexto de la revelación es frecuentemente el desierto y la escasez. En Loreto, en cambio, vivimos la conmovedora paradoja de estar rodeadas de agua sin «agua viva». En la cultura judía, la expresión «agua viva» se refería al agua pura y corriente, proveniente de la lluvia y del arroyo natural, indispensable para los rituales de purificación y restauración de relaciones. En Loreto, rodeadas de cochas, quebradas y ríos navegables, casi el 30% del territorio es humedal, pero la mitad de la población no tiene conexión a una red municipal, y beber directamente de las quebradas o bañarse en aguas transparentes va quedando relegado a la memoria de las generaciones más antiguas, que conocieron épocas de abundancia cuando el agua no era mercancía ni objeto de explotación, sino lugar de relación sagrada.
Al hablar del agua, nuestro lenguaje revela su condición viva: hablamos de «cuerpos de agua», de «ojos de agua» para nombrar los manantiales subterráneos, de «brazos del río» para sus afluentes y de la «boca del río» para su desembocadura. Expresamos así una corporalidad latente. El pueblo Kukama enseña que el río tiene boca, brazos, lomo y que tiene «madre» porque en él habitan otras gentes; por eso el río es sujeto de derechos, tal como un grupo de mujeres valientes logró recientemente reconocer para el río Marañón y sus afluentes.
Jesús entabla diálogo con la mujer samaritana en el Pozo de Sicar, en el lugar mismo de su cotidianidad, y le pide: «Dame de beber» (Jn 4,7). Es el mismo pedido que hace al inicio de su misión en el Evangelio de Juan y al final de su vida en la Cruz: «Tengo sed» (Jn 19,28). Allí, acompañándolo al pie de la Cruz, las mujeres contemplan la paradoja de la Fuente Sedienta. Es la misma sed que sienten hoy los pueblos de nuestro territorio: la sed de anticipar el Reino. La sed de Jesús en la Cruz desbloquea el manantial definitivo. El agua brota ya no solo del pozo de Samaria ni de las estructuras del Templo, sino de su propio cuerpo entregado, del mismo modo en que las mujeres, al dar vida, abren sus entrañas y derraman el «agua de fuente» (el agua de raíz, como ellas mismas la llaman).
III. La esponja con vinagre (posca) y las heridas de nuestras aguas
En el Calvario se produce un estremecedor choque entre el «agua viva» y la «posca» (el vino agrio). La vasija llena de vinagre (Jn 19,29) contenía la bebida avinagrada que usaban los soldados romanos. Jesús ofrece un agua pura, dulce, corriente y medicinal (Jn. 4,14), y el mundo le devuelve agua estancada, agria y retenida en una esponja. Cuando la Fuente de la vida tiene sed, la creación herida por intereses puramente económicos solo le ofrece agua ácida, contaminada con mercurio, petróleo y coliformes.
Jesús absorbe en la esponja la escasez y la miseria humana antes de liberar el Manantial Definitivo: el vinagre entra para que el agua pura pueda brotar. Jesús moja sus labios con el agua agria del mundo para cerrar el antiguo ciclo de sequía. Como mujeres consagradas e itinerantes en Loreto, hemos bebido y bebemos junto a tantas mujeres ribereñas este «agua avinagrada» marcada por los vertidos tóxicos y el abandono.
La esponja fue colocada en una rama de hisopo, la planta litúrgica que se sumergía en agua y sangre para los rituales de purificación y para marcar las puertas en la primera Pascua tal como las mujeres de nuestras comunidades conocen y usan las plantas medicinales para sanar y purificar. Al gritar «Tengo sed», Jesús experimenta la deshidratación identificándose con los 2.200 millones de personas en el mundo que carecen de agua potable, y con el 93,5% de la población de Loreto no tiene agua segura para tomar, privada de este derecho fundamental por causa del extractivismo desenfrenado.
La falta de saneamiento es una herida social abierta en las aguas residuales de Iquitos y en los desagües a cielo abierto de nuestros asentamientos humanos. Ver a los niños jugar entre la basura y beber agua contaminada que causa enfermedades y muertes nos confirma que esta es una realidad que clama por sanación. El «hisopo moderno» exige infraestructuras dignas de agua limpia que devuelvan la salud y el derecho a nuestras comunidades.
IV. La Fuente Abierta: De la deuda social al agua de la vida
La gratitud de la Fuente que brota del costado traspasado de Jesús y del cuerpo de las mujeres al dar a luz choca frontalmente con el agua convertida en simple mercancía privatizada. ¿Cómo es posible que, en la comunidad de Trompeteros, a orillas del río Marañón, una familia tenga que pagar 7 soles por un galón de agua para beber?
Si la vida se nos da gratuitamente, el agua debe compartirse sin exclusión. Como nos recuerda el Papa Francisco en Laudato Si’, el acceso al agua potable es un derecho humano básico, fundamental y universal que determina la supervivencia de las personas (LS 27-31). La escasez y la contaminación no son desastres accidentales, sino consecuencias de decisiones políticas e injusticias sistémicas.
Como mujeres creyentes y consagradas, no podemos permanecer junto a la Fuente de agua viva y tolerar que nuestros hermanos enfermen o mueran por consumir agua contaminada. Con Jesús queremos seguir gritando en este Tiempo de la Creación: «Tengo sed». Luchar por este derecho no es una obra de caridad facultativa; es devolver al pobre lo que le pertenece y le ha sido retenido (cf. Populorum Progressio, 23).
Vida Consagrada · Vicariato Apostólico de Iquitos
María Eugenia Lloris Aguado, Fraternidad Misionera Verbum Dei
Yolanda Guzmán Ruiz, Misionera Verbum Dei
María Elena Bravo Cubas, Compañía de María
Auria Saavedra Pisco, Misioneras Agustinas



